Confirmación

Como todo sacramento, la Confirmación es obra de Dios, que se preocupa de que nuestra vida sea plasmada a imagen de su Hijo, de hacernos capaces de amar como él, infundiéndonos a el Espíritu Santo.

Este Espíritu actúa con su fuerza en nosotros, en toda la persona durante toda la vida. Cuando lo acogemos en nuestro corazón, Cristo mismo se hace presente y toma forma en nuestra vida.

               SIGNOS           

Durante el Rito de la Confirmación, los individuos reciben los dones del Espíritu Santo a través de la imposición de manos por parte del obispo o sacerdote. El obispo extiende su mano sobre los niños y reclama el poder del Espíritu Santo para eclipsar a las personas que están siendo confirmadas.

Otro ritual es donde el obispo unge cada candidato en la frente con crisma, que es un aceite hecho de aceitunas y perfumado con bálsamo que luego es bendecido por el obispo

Hacer el signo de paz es un símbolo de unidad y significa que los creyentes son un solo pueblo bajo Dios y un cuerpo de Cristo. Cuando el sacerdote dice: «Sé sellado con el don del Espíritu Santo», representa un contrato firmado y sellado con el Espíritu Santo. Una persona debe estar sellada con el Espíritu Santo para que se confirme con un cristiano.

Los que se confirman a menudo usan prendas blancas como símbolo de su pureza.

EL ESPÍRITU SANTO

¿Cuál es su rol dentro del Sacramento de la Confirmación?

En el sacramento de la confirmación, en cambio, el Espíritu viene a alguien que ya es hijo de Dios. Su acción, en este segundo caso, no queda apropiadamente descrita con la palabra «crear,» sino que desde antiguo la Iglesia ha utilizado otras expresiones como «confirmar» o también «crismar» (ungir). El Catecismo de la Iglesia (números 1302-1303) habla de una efusión «especial» que trae crecimiento, fortaleza y dirección a nuestra vida.

Bautismo es nacer y confirmación es fuerza para crecer. Así como Dios no sólo crea las cosas sino que luego las conserva en la existencia, así también el bautismo nos concede empezar a existir como en semilla dentro de la vida divina, mientras que la confirmación robustece esa semilla y asegura su fruto en el sello que viene del Espíritu y en la plena comunión con la Iglesia, representada en el obispo, sucesor de los Apóstoles. (Fray Nelson)

La Confirmación, como cada sacramento, no es obra de los hombres, sino de Dios, quien se ocupa de nuestra vida para modelarnos a imagen de su Hijo, para hacernos capaces de amar como Él. Lo hace infundiendo en nosotros su Espíritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y toda la vida, como se trasluce de los siete dones que la Tradición, a la luz de la Sagrada Escritura, siempre ha evidenciado. Estos siete dones: no quiero preguntaros si os recordáis de los siete dones. Tal vez todos los sabéis... Pero los digo en vuestro nombre. ¿Cuáles son estos dones? Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Y estos dones nos han sido dados precisamente con el Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. A estos dones quiero dedicar las catequesis que seguirán luego de los sacramentos. Cuando acogemos el Espíritu Santo en nuestro corazón y lo dejamos obrar, Cristo mismo se hace presente en nosotros y toma forma en nuestra vida; a través de nosotros, será Él, Cristo mismo, quien reza, perdona, infunde esperanza y consuelo, sirve a los hermanos, se hace cercano a los necesitados y a los últimos, crea comunión, siembra paz. Pensad cuán importante es esto: por medio del Espíritu Santo, Cristo mismo viene a hacer todo esto entre nosotros y por nosotros. Por ello es importante que los niños y los muchachos reciban el sacramento de la Confirmación. (Papa Francisco)

El día de la confirmación de Gemma

«Se acercaba el día en que tenia que recibir la Confirmación. (La mamá) procuró que me instruyeran un poco, porque yo no sabía nada; pero yo, rebelde, no quería salir de la habitación y tuvo que venir una maestra a casa todas las tardes a enseñarle, siempre a la vista de mamá»  (La Locura de la Cruz, Santa Gema Galgani, J.F. Villepeleé, Ed. El Pasionario, 1989, p. 30)

Durante la confirmación (el día 26 de mayo de 1885), Gema entregaría a su madre Terrena, pero ganaría a una madre Celestial, La Vírgen María. Para afrontar ese sacrificio Gema «No dudaba que el Señor, al colmarla con los dones del Espíritu Santo, le había otorgado fortaleza y disponibilidad interior para el inminente sacrificio.»

<<Escuché la misa lo mejor que pude, rezando por ella. De repente,  una voz me dijo al corazón: «¿Quieres darme a la mamá?». «Sí – respondí., pero si me llevas también a mí». No – respondió la costumbrada voz-, dame de buena gana a tu mamá». Tú te debes quedar por ahora con tu papá. Te la llevaré al cielo, ¿sabes?…». Tuve que responder que sí>>.